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Introducción
2 Samuel 23:11-12 parece insignificante a los ojos naturales, pero encierra un mensaje espiritual profundo:
“Después de éste fue Sama hijo de Age, ararita. Y se juntaron los filisteos en un lugar donde había un pequeño terreno lleno de lentejas; y el pueblo había huido delante de los filisteos. Él entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria.”
Un solo hombre, Sama, se planta con firmeza en un terreno pequeño, lleno de lentejas. Todos los demás huyen. Él, en cambio, decide pelear. A primera vista, esta escena parece absurda: ¿quién arriesgaría su vida por defender un terreno tan pequeño y con tan poco valor?
Pero aquí comienza el enfoque del Espíritu: no es la lenteja, no es el tamaño del terreno… es el principio. Y cuando tú entiendes eso, te das cuenta de que las batallas que parecen más absurdas, son muchas veces las más poderosas en el cielo.
No peleas por lo que es, sino por lo que significa
Amados, hoy quiero hablarles de un hombre llamado Sama, un guerrero valiente que se quedó solo defendiendo un terreno pequeño… ¡sí, un campo de lentejas! No era un lugar estratégico. No tenía valor militar. No había oro, no había tronos, no había fama en juego. Y sin embargo, ahí se quedó, espada en mano, firme en su lugar. Todos lo abandonaron, pero Dios no lo abandonó.
¿Y qué pasó? ¡Dios le dio una gran victoria!
Este pasaje no solo es historia… ¡es enseñanza viva para nosotros hoy!
Porque cuántas veces tú y yo hemos peleado batallas que no tienen lógica humana. Oramos, insistimos, lloramos, ayunamos, nos mantenemos firmes por cosas que, para otros, no tienen valor.
Pero ahí está la clave: no peleamos por lo que parece valioso, ¡peleamos por lo que Dios nos entregó! Ese terreno puede parecer pequeño, insignificante, pero si el Señor te lo dio, entonces vale la pena dar la vida por él.
Piénsalo:
El rey que golpeó el suelo solo tres veces (2 Reyes 13)… perdió la batalla porque no entendió la dimensión espiritual del acto. La viuda que dio dos moneditas… fue más honrada por el cielo que todos los ricos. ¿Por qué? Porque la lógica del cielo no es la lógica de los hombres.
Dios no mira el tamaño de lo que haces, sino la fidelidad con que lo haces. Él no cuenta números, Él pesa corazones. Y déjame decirte algo muy claro: Si tú cedes terreno, aunque sea pequeño, el enemigo lo tomará sin misericordia.
Por eso hay batallas que parecen pequeñas, pero son eternas:
- La obediencia cuando nadie te ve.
- La honra a quienes quizás no lo merecen.
- La cultura del orden en medio del caos.
- La persistencia en la oración cuando ya todos se rindieron.
¡Iglesia, no cedas el terreno de las lentejas!
Porque ahí, en lo pequeño, en lo que nadie valora, Dios se manifiesta con poder.
Y cuando tú peleas por lo que el cielo te entregó, ¡el cielo pelea contigo!
Mensajes clave
- No todas tus batallas serán comprendidas por los demás. Lo espiritual parece locura para el hombre natural (1 Corintios 2:14).
- Dios no te medirá por lo que lograste, sino por lo que defendiste con fidelidad.
- Las cosas no valen por su precio, sino por su procedencia. Si algo viene de Dios, aunque parezca poco, vale todo.
- No le des lugar al enemigo, ni un centímetro. (Efesios 4:27). Si cedes un terreno pequeño, se abrirán puertas a pérdidas mayores.
- El cielo honra a los que no se rinden. Dios se movió por Sama, como se mueve por cada hijo que decide pelear lo que otros abandonan.
- Las batallas pequeñas están conectadas con victorias eternas. No subestimes ninguna lucha.
- La fidelidad en lo pequeño revela tu preparación para lo grande.
Conclusión
La victoria de Sama no fue natural, fue espiritual. Todos lo abandonaron, pero él no se rindió. Y Dios lo respaldó con poder.
Así también tú: aunque tu batalla parezca absurda, insignificante o ridícula a los ojos de los demás, si Dios te la entregó, debes defenderla. Puede ser tu familia, tu llamado, tu salud, tu economía o incluso un principio espiritual en tu vida.
No te rindas. No te conformes. No pierdas lo que Dios te dio. Pelea hasta el final. Porque las batallas que parecen absurdas, son las que provocan las victorias más gloriosas.
“Las cosas no valen por lo que cuestan, sino por quién te las dio. Y si Dios te lo entregó, el infierno entero no tiene derecho a quitártelo.”